A propósito de la operación militar realizada por EEUU en Venezuela, con los hechos que se conocen en la tarde del 4 de enero (hora de España), mis primeras impresiones son las siguientes:
¿Capturaron a Maduro? ¿Se entregó o lo entregaron?
Una operación de pocas horas, sin resistencia significativa, no es el patrón habitual de la caída violenta de un dictador que aún controla territorio, Fuerza Armada e inteligencia. Si realmente ha sido una captura, sería, objetivamente, una derrota moral severa al régimen pues se envía un mensaje devastador: el líder máximo no fue o no pudo ser defendido. En los sistemas autoritarios, eso es letal para el aura de invulnerabilidad. El miedo cambia de bando, al menos parcialmente.
Ahora bien, llama la atención la aparente facilidad con que han penetrado las fuerzas de EEUU, sin resistencia significativa, sin defensa aérea visible, sin movilización militar alguna, sin contraataque inmediato y sin intento serio de rescate posterior, sugiere cooperación pasiva o activa desde dentro. En regímenes cerrados, las capturas “limpias” suelen implicar traición, pacto o abandono del líder.
En ese sentido, me llama la atención que Delcy Rodríguez apareció solamente para exigir una fe de vida de Maduro, que aparentemente Trump le concedió al enseñar la foto de Maduro detenido en el avión, y me llama la atención que tanto Cabello como Padrino hayan aparecido solamente para pedir —contrariamente a lo esperado— "calma" al pueblo venezolano, que no salir a las calles y que confiara en el liderazgo. A juzgar por las recientes explicaciones de Trump, que comentamos al final de este artículo, Maduro pudo ser traicionado, no tengo certeza, pero puede ser que el régimen ‘entregó’ a Maduro.
El régimen no era ni es Maduro.
El régimen sin Maduro sigue siendo un régimen. La captura de Maduro, prematuramente celebrada por algunos venezolanos como la caída del régimen, no elimina ni el aparato coercitivo ni los incentivos criminales del círculo íntimo. Al contrario, los exacerba. El chavismo gobernante es un sistema, no un hombre. Controla Fuerza Armada, inteligencia, colectivos, tribunales, petróleo y redes criminales. Mientras figuras como los hermanos Rodríguez, Cabello y Padrino López mantengan cohesión y control territorial, el régimen puede sobrevivir incluso sin su figura central, al menos temporalmente. En las primeras horas de hoy, algunos —como yo— temíamos que tras la caída simbólica del autócrata sobreviniera el caos, la violencia o el colapso institucional, y que la operación de los EEUU solo tenía sentido si está subordinada a un plan de transición creíble y sostenible.
En mi caso, estuve pendiente de la reacción de la Fuerza Armada ya que, si el estamento militar interpretaba la captura como una señal de que el régimen ya no puede protegerlos ni garantizarles futuro, podrían producirse fracturas internas silenciosas: neutralidad, desobediencia pasiva o negociaciones discretas. Si era eso lo que ocurría, el régimen entero puede caer. Si no, el régimen se atrincheraría aún más. Y es lo que parece estar ocurriendo de momento toda vez que en la tarde del 4 de enero, el ministro de Defensa de Venezuela reiteró que Maduro es el “presidente constitucional” y refuerza el respaldo del Gobierno a la continuidad del mandatario en el poder.
Así las cosas, al momento de escribir estas líneas hay serio riesgo de endurecimiento terminal. Y es que, paradójicamente, tras la captura de Maduro, el régimen herido pero no derrotado puede volverse más violento. La captura de Nicolás Maduro sin el desmantelamiento inmediato del núcleo duro del régimen —control político, militar y de seguridad— puede generar un efecto de cierre autoritario. Es decir, las figuras que siguen en Venezuela (Cabello, los Rodríguez, Padrino López) tienen incentivos claros para endurecer la represión, cerrar filas, eliminar disidencias internas y enviar un mensaje de control absoluto a la población. Sin Maduro como figura de contención simbólica, los actores restantes —que de momento conservan el control político en Venezuela— pueden recurrir al terror como sustituto del liderazgo perdido. Este es el mayor peligro inmediato para la población, y los venezolanos que aún residen en Venezuela parece que lo entienden mejor que los que residimos afuera, pues nadie o casi nadie en Venezuela ha salido a celebrar en las calles la caída de Maduro, sabiendo que el régimen sigue en control y puede reprimir aún más.
Ahora bien, las recientes declaraciones de Trump apuntan —sin éxito— a eliminar esta preocupación, y además generan otra.
La mutación de régimen.
En su rueda de prensa de la tarde del 3 de enero, Trump afirma que “Dirigiremos el país hasta que podamos hacer una transición segura y adecuada.” Añadió que la Vicepresidenta Ejecutiva del régimen, Delcy Rodriguez, ya asumió o debería asumir el mando en Venezuela y reconoce que ella ha conversado con el Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio. Dice lo siguiente:
“Marco Rubio está hablando con ella (Delcy Rodríguez) y ha mostrado voluntad de seguir nuestra hoja de ruta para el país. Veremos cómo siguen las conversaciones.”
“Marco Rubio está trabajando directamente, está conversando con Delcy Rodríguez y esencialmente ella está dispuesta a hacer lo que creemos que es necesario para que Venezuela sea grande de nuevo...”
A una pregunta sobre si sabe dónde está María Corina Machado, líder legitimada de la oposición democrática venezolana, Trump contestó: ”María Corina es una mujer muy agradable pero no tiene ni el respeto ni el apoyo del país.”
Estas palabras de Trump alteran de forma profunda el marco de análisis y lo desplazan hacia un escenario aparentemente más definido, pero también más inquietante desde el punto de vista democrático. Vamos por partes.
Primeramente, se asume a Delcy Rodríguez como poder efectivo en Venezuela. Que Delcy Rodríguez debe asumir el mando y ser tratada por EEUU como autoridad funcional confirma que el régimen no ha colapsado, sino que ha ejecutado una sucesión interna controlada. Esto parece que descarta el escenario de vacío de poder y refuerza la hipótesis de que la captura de Maduro fue un movimiento quirúrgico dentro de una reconfiguración más amplia del sistema.
Segundo, la “hoja de ruta” estadounidense cambia la naturaleza de la transición. El hecho de que Marco Rubio esté “trabajando directamente” con Delcy implica que la transición no nace de la oposición democrática, sino de una negociación entre Washington y el núcleo superviviente del chavismo. Desde la óptica de estabilidad, reduce el riesgo de violencia, pero, desde la óptica democrática, introduce un problema grave de legitimidad.
Tercero, el lenguaje de Trump es revelador. Cuando afirma que Delcy está dispuesta a “hacer lo que creemos necesario para que Venezuela sea grande de nuevo”, el sujeto político central deja de ser el pueblo venezolano y lo es la arquitectura estratégica de EEUU. Esto confirma que se propone una administración autoritaria tutelada con prioridades geopolíticas (orden, petróleo, migración, seguridad) que dejan en segundo plano la deseada justicia transicional y depuración institucional.
Por último, Trump impulsa —involuntariamente o a propósito— la deslegitimación explícita de la oposición democrática. La referencia despectiva a María Corina Machado es quizá el punto más delicado en las declaraciones de Trump. Al afirmar que “no tiene ni el respeto ni el apoyo del país”, Trump ha desautorizado públicamente a la principal figura de la oposición democrática, alineándose de facto con el relato del régimen. Esto confirma que EEUU no ve —al menos de momento— a la oposición como actor central del proceso, sino como un elemento secundario o incómodo.
En conclusión, todo parece indicar:
Que la caída de Maduro fue probablemente inducida por el propio régimen pero no era el objetivo final, sino el detonante de una reconfiguración política negociada.
Que el riesgo de represión caótica persiste o no, depende de lo que quiera hacer EEUU, pero aumenta el riesgo de impunidad estructural.
Que la transición a la democracia queda postergada, para hacer prevalecer una mutación del régimen que perfila una Administración autoritaria tutelada.
La pregunta ya no es si cayó el régimen de Maduro o no, sino la siguiente: ¿Qué tipo de régimen emergerá? De momento, todo indica que Trump propició una reconfiguración política pactada entre EEUU y el chavismo sin Maduro, con estabilidad como prioridad y democracia como variable negociable.
Para los venezolanos que esperábamos una restitución plena de la soberanía popular, aunque fuera de forma progresiva, lógicamente, esta situación es una noticia agridulce: más estabilidad y tal vez menos sangre, sí; pero también menos democracia y menos protagonismo ciudadano. Salvo que el discurso de Trump sea solo eso, un discurso, o una ‘jugada táctica’ de Trump en dirección a conseguir el objetivo final de la transición.
Nuevamente será necesaria la presión internacional para conseguir el objetivo final, y el reciente Comunicado del Partido Popular en España —que comentaremos en un próximo artículo— es buen ejemplo de ello. La operación militar de EEUU puede convertirse en una oportunidad democrática sólo si va acompañada —de forma rápida y coordinada— de presión internacional sostenida, garantías explícitas para la población civil, incentivos claros para una caída progresiva del régimen y una hoja de ruta creíble hacia una transición política liderada por la oposición democrática que ganó las elecciones en 2024. Si la operación no se traduce rápidamente en una arquitectura de transición creíble, Maduro habrá salido del tablero, la oposición democrática ha sido relegada y el poder político en Venezuela se está redistribuyendo por arriba.
La historia no ha terminado; simplemente ha cambiado de árbitros.
En Vigo, el 4 de enero de 2026.
2 comentarios:
Excelente Ricardo tu aporte. En temas de geopolitica y diplomacia las reglas de juego son muy distintas al sentido común. Si Trump se mantiene firme y mantiene un tiempo definido para que haya cambios en Venezuela, existe la posibilidad de que el chavismo entregue el poder para no volver más y hacerlo sin mayor trauma de su eventual caída
El problema es que no es predecible, y la posibilidad de que el chavismo entregue el poder o lo pierda del todo parece una posibilidad lejana, incluso cuando haya terminado la transición.
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