jueves, 12 de febrero de 2026

Puedo prometer y prometo:

La transición vista desde Adolfo Suárez

Este opinador viene de leer Puedo prometer y prometo: Mis años con Adolfo Suárez (Fernando Ónega. Penguin Random House: 2021), un ensayo a medio camino entre biografía de un hombre esencial en la historia de la actual democracia española —Adolfo Suárez— y crónica de la Transición española a la democracia, escrito desde la proximidad de quien estuvo allí, la observó por dentro y recabó los testimonios de quienes vieron cómo se desmanteló una dictadura sin reventar el país en el intento.

Editado y publicado originalmente en 2013, el ensayo intenta explicar cómo un hombre que venía del aparato franquista terminó ejecutando —con audacia, valentía y una dosis de sangre fría— la misión encomendada por el Rey Juan Carlos, de desmontar la estructura autoritaria y abrir paso a un Estado constitucional democrático. Y cómo, a pesar de semejante logro, tuvo que abandonar la presidencia del gobierno tras el asedio implacable de la oposición, la prensa, sectores relevantes de la élite militar y las fuerzas vivas, y hasta de los propios compañeros de partido.

Esta entrada de blog reseña el libro, propone algunas lecciones centrales de Suárez —sin convertirlo en estampita de veneración— y nos da la excusa perfecta para escribir una próxima serie de artículos en los que intentaremos traducir cada una de esas lecciones al tablero venezolano, con sus particularidades, sus trampas y sus urgencias.

Y es que hoy, cuando la palabra “transición” se usa en Venezuela como consigna, amenaza o promesa, conviene volver a un caso real donde la transición no fue un eslogan sino un arte difícil: el de moverse sin atajos, sin romper la cuerda y sin entregarle el país al peor de los futuros.

Ónega ofrece la crónica de un proceso político que —visto con las gafas de hoy, propias de sociedades muy polarizadas— parece improbable. Lo sorprendente es que Suárez haya llegado a la presidencia de forma inesperada y cómo, desde dentro del régimen, terminó liderando su desmontaje institucional. En las transiciones reales, los actores casi nunca vienen con el pedigree perfecto y los procesos casi nunca avanzan con pureza ideológica. Avanzan con equilibrio de fuerzas, cálculo y una moral política más adulta: la de reducir sufrimiento y abrir futuro.

Esta lógica me devuelve a una vieja intuición a la que me referí en un artículo que escribí en 2013 sobre el “legado“ de Mandela: Tener un principio esencial, todo lo demás son estrategias, estrategias que cambian con las circunstancias. No es relativismo, es jerarquía. Se defiende el destino, el horizonte; se ajusta el camino para conseguirlo. En transiciones, esa distinción evita dos vicios: la pureza impotente y el pragmatismo sin norte.

De la crónica de Ónega podemos extraer algunas lecciones que conviene reivindicar. La primera, no salirse de los cauces legales. Ónega atribuye a Suárez un rasgo insistente: evitar atajos y no quebrar el marco, porque hacerlo crea inseguridad jurídica y termina dañando aún más a instituciones ya frágiles (pág. 329). No es moralina legalista, es ingeniería política. Una transición no es solo un cambio de gobernantes, es también una reconfiguración de las expectativas y de la confianza y hallar un lenguaje común. El Derecho —aunque esté herido— suele ser el idioma compartido para regular la convivencia en una sociedad plural.

La segunda lección es que las transiciones políticas suelen ser procesos de malabarismo político y no de desfiles militares. Ónega lo cuenta con crudeza. Tuvo que hacerse lo que tenía que hacerse, pero sin que los militares se sublevaran, sin que el franquismo que aún controlaba estructuras clave del poderse rompiera, sin que la oposición se irritara y sin que el pueblo se desencantara. Y sobre todo, había que convertir a la mayoría de la sociedad en cómplice, colaboradora o, al menos, interesada en que la transición saliera bien (pág. 82). Las vías de las transiciones no suelen ser autopistas en línea recta, son más bien carreteras sinuosas con curvas, algunas leves y otras muy fuertes.

Resolver los desafíos anteriores no habría sido posible de no ser por uno de los ”aciertos iniciales“ que Ónega atribuye a Suárez: ”Abrirse al diálogo político con la oposición emergente desde la decisión de no recordar políticamente el pasado histórico que había dividido a los españoles.“ (Pág. 187)

Para conseguir lo primero —abrirse al diálogo político— Ónega introduce la valoración del periodista Miguel Platón, quien atribuye a Suárez haber introducido “el factor de la buena relación personal entre los políticos,“ que a su decir era una de las grandes deficiencias de España y se había perdido especialmente desde la Segunda República. Suárez estableció relaciones sinceras con los más sonados adversarios del régimen franquista, siempre partiendo de la premisa de que “todos eran distintos, pero podían hablar de cuestiones personales y construir juntos el futuro de la nación.“ (Pág. 191).

No era “amiguismo”, era desactivar la lógica del exterminio a sabiendas de que el odio político tiene un alto coste y se paga durante décadas. Al adversario no se le puede aniquilar, se le tiene que gestionar, se le reduce su capacidad de sabotaje, se le elevan los costes y se le ofrecen salidas que no sean apocalípticas.

Mandela lo contó con otra música pero su letra apuntaba al mismo lugar. El adversario no es un accidente al que hay que expulsar, sino una realidad que debe administrarse si quieres que el nuevo orden dure. Por eso insistía en ‘conocer al enemigo’ y en no humillarlo cuando la correlación de fuerzas te favorece. La humillación es una apuesta de corto plazo, te compensa en lo inmediato pero te cobra intereses durante años.

Consecuencia de lo segundo no recordar políticamente el pasado histórico que había dividido a los españolesfue que la dictadura fue amnistiada. Esa fue en criterio de Ónegala gran clave de la transición: “comenzar de cero, desde el olvido de todo lo anterior.“ El cronista reconoce que para muchos críticos del proceso fue el principal error de la Transición, porque aseguró impunidad a los crímenes del franquismo, pero defiende la decisión por considerarla necesaria para la paz, dada la memoria viva del conflicto (Pág. 83).

¿Cómo pudo esto ser la clave del éxito para unos, y el principal error para otros? Porque las transiciones tienen siempre que enfrentar la delicada pregunta de cómo equilibrar justicia, verdad, reparación y estabilidad, sin que el pasado impida la llegada del futuro. O cómo encontrar una justicia transicional orientada a la verdad, la responsabilidad y la reparación, que a la vez sea compatible con la paz y la reinstitucionalización.

Se trata de encontrar decisiones políticas que —en su justo término— permitan “pasar página”, contribuyan a pacificar en el corto plazo y a que sectores beligerantes acepten el nuevo orden —amnistías o fórmulas de no persecución para ciertos hechos o para ciertos actores, bajo determinadas condiciones, por ejemplo—. Pero cuidado. Porque el silencio absoluto sin verdad, sin reconocimiento y sin reparación mínima, puede terminar explotando más tarde, cuando el resentimiento y la desconfianza son difíciles de revertir.

En otra página del libro (pág. 190) Ónega destaca otra de las grandes lecciones de la transición: la renuncia de cada uno a algo, para que todos pudieran caber en el nuevo edificio. Citando lo que le contó Jaime Lamo de Espinosa, le atribuyen a Suárez el mérito de haber conseguido que todo el mundo, todas las personas renunciaran a algo a favor de los intereses comunes del Estado, de la nación española.

Cuando todos los implicados renuncian a parte de sus máximas aspiraciones, desaparece el juego de suma cero y por lógica, ya no hay vencedores ni vencidos en el juego político. He aquí otro de los aportes de Suárez a la Transición: ”Construir el Estado nuevo y hacer posible la reconciliación nacional, ese era su norte y hacia él se encaminan todos sus pasos.“ (Pág. 277).

Muestra de ello fue la decisión de Suárez de no realizar el 1 de abril de 1977 fecha emblemática del franquismo porque fue el día que la España ”nacionalderrotó a la España “rojael llamado “Desfile de la Victoria” y la celebración del “Día de la Victoria”. El mensaje que a juicio de Ónega quiso mandar el presidente fue que ya no había lugar para la España de los vencedores y los vencidos. (Pág. 278) Por supuesto, reconciliar no se trata de borrar la realidad. Más bien, es no dejar que el país quede secuestrado por una guerra moral interminable entre el bien y el mal.

Casi 50 años después de la Transición española, esta crónica sigue siendo relevante hoy, no porque lo que hizo Suárez sea incuestionable, que no lo es, ni porque esa Transición sea un modelo listo para copiar y pegar. Vale porque nos recuerda la importancia de pensar y actuar como un estadista que entiende que un país se rescata con acuerdos, renuncias, reglas y un procedimiento para salir del odio sin caer en la amnesia.

Juntar las figuras de Suárez y Mandela ayuda. Mandela llegó desde la resistencia y Suárez desde el Estado, pero coinciden en lo decisivo. El liderazgo debe ser un método que combina renuncias cruzadas, reglas comunes y una gramática política que permita convivir. Mandela lo formuló sin rodeos: rectificar también es liderar; ceder puede ser una forma de victoria.

Suárez lo ejecutó muy bien, no fue perfecto, desde luego. La Transición tampoco. Precisamente por eso hay que volver sobre ella, porque nos muestra la política en su material real, con sus riesgos, sus presiones, sus chantajes, sus miedos y sus decisiones difíciles.

El caso de Venezuela, país del que tuve que emigrar y que según algunosestá en transición, nos recuerda que el objetivo último debe ser volver viable la convivencia pacífica. Es por ello que a partir de estas lecciones, en los próximos tres o cuatro artículos intentaré traducir la experiencia de Suárez al caso venezolano. Intentaré ofrecer mi visión sobre legalidad y atajos, pactos posibles, justicia transicional, garantías y salidas, reinstitucionalización y reconciliación. Ónega nos dejó claro algo: la Transición fue una disciplina. En Venezuela, esa disciplina puede ser la diferencia entre cambiar de capítulo… o repetir el mismo libro con distinta carátula.

En Vigo, el 12 de febrero de 2026.