Terminé de leer Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias. Historias de Ruanda, de Philip Gourevitch, con una sensación difícil de ordenar. Es un libro duro, muy duro. Un libro que, en cierto modo, ha cuestionado mi propia pertenencia a la especie humana.
Uno termina la lectura con cierta resistencia al énfasis porque el horror contado por Gourevitch es suficiente, no necesita subrayados, negrillas ni otros adornos. Perturba la magnitud de la matanza pero sobre todo la manera en que una sociedad pudo romper sus vínculos más básicos hasta convertir al vecino, al pariente, al cónyuge o al niño en una pieza eliminable dentro de una lógica de exterminio.
Lo ocurrido en Ruanda hace 32 años incomoda porque obliga a mirar dos fracasos a la vez. El primero, el de la propia comunidad: la familia, la aldea, la amistad, la vecindad. El otro, el de la comunidad internacional: Estados, organismos y gobiernos que calcularon, demoraron, evitaron palabras o se retiraron cuando todavía había vidas que podían salvarse.
La pregunta evidente que deja el libro es, ¿cómo pudo suceder aquello?, pero hay otra más difícil: ¿qué debe romperse previamente en una sociedad para que aquello llegue a parecer posible, necesario o incluso virtuoso?
Antes de matar, se prepara...
El genocidio de Ruanda no fue una explosión irracional surgida de la nada. Sería una explicación pobre y además exculpatoria. Como si un crimen colectivo pudiera hacerse sin preparación, sin lenguaje, sin administración, sin propaganda y sin obediencia.
El contexto mínimo conviene recordarlo. La distinción entre hutus y tutsis, que existía antes del colonialismo, fue endurecida y administrativamente racializada durante la etapa colonial, especialmente bajo dominio belga. El poder colonial favoreció durante décadas a la minoría tutsi y contribuyó a convertir categorías sociales e históricas complejas en identidades rígidas. Después llegaron la independencia, los desplazamientos, la guerra civil, la propaganda y el miedo.
En 1994, tras el derribo del avión del presidente Juvénal Habyarimana, comenzó inmediatamente una campaña sistemática de exterminio contra los tutsis y también contra hutus moderados. La propia ONU recuerda el papel de la propaganda gubernamental y de la radio en la identificación de los tutsis como enemigos, así como el uso de la Radio Télévision Libre des Mille Collines para incitar al exterminio.
Ese último punto resulta decisivo. Antes de matar a un ser humano, muchas veces se ha dejado de nombrarlo como tal. El lenguaje puede ser la antesala de la violencia. Primero se reduce al otro a una categoría; en este caso, a “cucaracha”. Después se le atribuye una amenaza. Luego se repite que su existencia pone en riesgo a la comunidad. Finalmente, cuando el crimen llega, una parte de la sociedad ya está mentalizada para interpretar el exterminio no como lo que es —asesinato masivo—, sino como defensa, limpieza o deber cívico.
Gourevitch muestra en su crónica que el genocidio no destruyó solo los cuerpos. Destruyó las miradas. Rompió la capacidad elemental de reconocer al otro como alguien ante quien tengo una obligación mínima. Y cuando esa obligación desaparece, casi todo puede justificarse.
Cuando el vecino deja de ser vecino
Una de las cosas más perturbadoras del libro es cómo se mató. La violencia fue física, sexual, simbólica, familiar, vecinal. No fue solo un ejército, ni fueron solo asesinatos impersonales. Buena parte de las víctimas fueron asesinadas por personas a las que conocían, vecinos o familiares.
Allí aparece una de las escenas que más cuesta asimilar: el marido hutu que mata a sus suegros tutsis y que, cuando su mujer —también tutsi— intenta proteger a su hermano, se lo arrebata y lo entrega a las turbas. La escena condensa algo más que brutalidad. Condensa la victoria de una ideología de odio sobre el parentesco, sobre la vida doméstica, sobre la mínima lealtad humana.
No hace falta recrearse en los detalles del horror. Basta con comprender su naturaleza. El genocidio fue la eliminación de un grupo pero también la demolición de los vínculos que hacen posible llamar comunidad a una comunidad. Cuando una sociedad llega al punto de celebrar o tolerar que se asesine al vecino, la civilización no ha desaparecido de golpe.
Por eso Ruanda no debe asumirse como un lugar pequeño y remoto donde ocurrió algo monstruoso. Se debe asumir como una advertencia sobre la fragilidad de cualquier convivencia cuando el resentimiento encuentra organización política, la propaganda encuentra altavoces y el miedo se convierte en tecnología de gobierno.
El mundo que calculó demasiado
Hay otro plano del libro que indigna de una manera distinta: la actuación de la comunidad internacional. No porque intervenir fuera sencillo, ni porque el juicio retrospectivo deba hacerse con ligereza, sino porque hubo demasiadas advertencias, demasiadas decisiones tardías y demasiadas palabras evitadas.
Bélgica tiene una responsabilidad histórica difícil de esquivar. Primero, por su papel colonial en el endurecimiento administrativo de las divisiones étnicas preexistentes y por favorecer durante décadas a la minoría tutsi dentro de la estructura institucional colonial. Después, por su retirada prematura en 1994, tras el asesinato de diez cascos azules belgas que protegían a la primera ministra Agathe Uwilingiyimana. La ONU señala que después de aquella matanza, Bélgica retiró el resto de su contingente y el Consejo de Seguridad redujo la fuerza de UNAMIR de 2.165 efectivos a 270 el 21 de abril.
Estados Unidos, marcado por el trauma reciente de Somalia y sin intereses estratégicos evidentes en Ruanda, actuó con una cautela moralmente devastadora. Human Rights Watch y los documentos desclasificados reunidos por el National Security Archive muestran que durante las primeras semanas, los principales líderes internacionales evitaron usar la palabra “genocidio”, lo que habría incrementado la presión jurídica y política para actuar frente al exterminio.
Francia ocupa un lugar especialmente incómodo. Su apoyo previo al régimen ruandés, su lectura del conflicto desde una lógica de influencia geopolítica y su tardía Operación Turquesa siguen siendo objeto de discusión histórica y política. La comisión Duclert habló de responsabilidades “pesadas y abrumadoras” del Estado francés, aunque descartó que los archivos consultados demostraran una voluntad de complicidad genocida. La ONU recuerda que la Operación Turquesa salvó vidas, pero también tuvo como efecto facilitar la huida de responsables y milicianos implicados en el genocidio.
El punto de fondo no es repartir culpas. Es entender que a veces —o casi siempre, tal vez— la comunidad internacional fracasa por sobrevalorar el cálculo político. Por prudencia, mal entendida. Por temor al coste político. Por esperar a que la realidad se vuelva jurídicamente indiscutible cuando moralmente ya lo era. Y confirma, una vez más, que las limitaciones del Derecho internacional ante las crisis humanitarias no son una anomalía reciente. Ruanda no fue una excepción incomprensible, sino una advertencia temprana de una impotencia que seguimos viendo, con formas distintas, en demasiados escenarios contemporáneos.
La justicia ante lo irreparable
El libro también muestra algo casi incomprensible: el retorno casi inmediato de muchos tutsis exiliados a Ruanda tras la caída del poder hutu, aunque no se regresaba a una patria intacta. Era entrar en un país devastado, lleno de cadáveres, cárceles, sospechas y heridas abiertas. Y, sin embargo, volvieron. Tal vez hay heridas que no pueden repararse desde lejos. Tal vez la patria no es solo un lugar que ofrece seguridad, sino el espacio al que uno siente que debe volver para reconstruir algo, aunque ese algo apenas exista ya. Sin equiparar tragedias ni contextos, esa reflexión conserva una actualidad incómoda para venezolanos, ucranianos, gazatíes y millones de personas obligadas hoy a pensar la patria desde el exilio, la guerra o la devastación.
Aquí el libro alcanza una de sus zonas más difíciles. Porque después de un genocidio, la justicia se vuelve necesaria e insuficiente al mismo tiempo. Si hubo genocidio en toda regla, parecía lógico exigirse justicia en toda regla. Pero, ¿qué significa eso cuando los sospechosos son decenas de miles? ¿Qué ocurre cuando el aparato judicial ha quedado destruido? La ONU documentó que los juicios nacionales comenzaron a finales de 1996, tras la destrucción de buena parte de la infraestructura judicial y la pérdida de personal jurídico, y que en el año 2000 había más de cien mil sospechosos de genocidio esperando juicio.
La paradoja es insoportable: cuanto más verdadero y monstruoso era el genocidio, más difícil parecía administrar una justicia completa sin producir nuevas formas de devastación y desintegración social. Castigar a todos parecía materialmente imposible. Pero no castigar era moralmente obsceno. Aplicar masivamente la pena de muerte —que entonces preveía la legislación ruandesa para determinados crímenes— suponía añadir aún más cadáveres a un país ya desbordado por la muerte . Encerrar a miles en condiciones inhumanas podía convertirse, al mismo tiempo, en castigo, protección y síntoma de impotencia estatal.
Gourevitch recoge esa tensión con una lucidez incómoda. Los encarcelamientos eran producto, lógicamente, de la urgencia de juzgar, pero también de la necesidad de proteger a los acusados de venganzas en la calle, algunos de los cuales preferían estar hacinados en cárceles inhumanas antes que exponerse al riesgo de ser linchado en la calle. El Derecho no fue una maquinaria pura de imputación y condena. Actuó simultáneamente como una herramienta precaria para contener la descomposición social.
En exte contexto afloró la justicia compensatoria, desconcertante. Pensar que entregar sal u otro tipo de reparación material puede compensar los asesinatos colectivos instigados por el Estado parece desesperadamente insuficiente en la lógica de una mentalidad aparentemente dominante. Pero hay otra lógica: la de muchos campesinos ruandeses, para quienes perder a la familia significó perder todo su sistema de apoyo económico y vital. Matar al culpable podía satisfacer una demanda de castigo, pero no le restituía medios de vida ni reconstruía la posibilidad de seguir existiendo.
Esto no significa que la compensación sustituyera a la justicia. O no debería. Significa que la justicia penal, por sí sola, no agota las necesidades de una sociedad destruida. Hay que castigar, sí. Pero también hay que reparar, reconocer, escuchar, y, en algún momento, reconstruir la convivencia. Decirlo es fácil, hacerlo es otra cosa.
El arrepentimiento apareció entonces como una condición mínima. El perdón, si es que tenía algún sentido, no podía imponerse administrativamente ni exigirse desde fuera, pero perdonar sin reconocimiento del mal podía ser otra forma de violencia sobre la víctima. Por eso la búsqueda de justicia se convirtió, en parte, en búsqueda de arrepentimiento.
El libro narra también la tentación de la venganza. Y hace bien. Después de tragedias como el Holocausto, el genocidio de Ruanda u otras de similar naturaleza, desde fuera se sucumbe con demasiada facilidad a la tentación de pedir a los pueblos devastados que superen, olviden y pasen página. Más grave resulta cuando quien lo pide ha sido corresponsable de la tragedia, como ocurrió recientemente en Venezuela.
Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional aún controlada por el régimen, pidió a los venezolanos en el exilio: “Supéralo, perdónanos y vente”. Así, como si 25 años de discriminación, persecución y represión por parte del régimen pudieran superarse con una frase. ¿Cómo se supera haber sido forzado a abandonar tu país? ¿Cómo se perdona que te hayan obligado a crecer lejos de tu familia y a ver a millones de tus paisanos huyendo en condiciones precarias para sobrevivir? ¿Cómo se perdona si ni siquiera se ha mostrado un arrepentimiento claro y rotundo? ¿Cómo se perdona si no existe una voluntad clara de corregir ni de reparar? Desde luego, no es fácil.
Es verdad que la venganza puede aliviar momentáneamente e incluso parecer justa a quien lo ha perdido todo, y que no es la solución adecuada para recuperar la convivencia ni para cerrar heridas. Pero las víctimas de las tragedias son seres humanos, y sus deseos de venganza tal vez no sean justificables, pero son fácilmente comprensibles.
Después de un genocidio, ninguna respuesta humana parece suficiente. La justicia llegará siempre tarde, la compensación parecerá siempre pobre, el perdón exigirá algo que no siempre existe y la venganza promete una paz que nunca entregará.
Después de cerrar el libro
Quizá por eso este libro no se cierra del todo cuando uno termina la última página. Queda una incomodidad persistente. Por lo que Ruanda revela. Que la convivencia es más frágil de lo que solemos admitir. Que la civilización no consiste únicamente en leyes, instituciones y discursos, sino en hábitos cotidianos de reconocimiento. En llamar persona al otro y reconocer su dignidad. En no permitir que el poder convierta identidades en amenazas. En desconfiar de quienes necesitan fabricar enemigos para justificar su manera de ordenar el mundo, ¿reconocen algo de todo esto en la actualidad?
Revela también que el lenguaje importa. Y mucho, muchísimo. El exterminio no comenzó cuando se alzó el machete. Comenzó mucho antes, cuando una sociedad aceptó que algunas personas fueran nombradas como plaga, peligro, traición o residuo. Cuando la palabra deshumanizó y los demás se acostumbraron a escucharla. Cuando el odio se normalizó y pasó a formar parte del ruido normal de la política, ¿reconocen algo de todo esto en la actualidad?
¿Qué hacer con un libro así después de cerrarlo? No hay respuesta noble. Tal vez lo primero sea resistir la tentación de convertirlo en una lección cómoda sobre la maldad de otros, porque ni los otros son enteramente malos, ni nosotros mismos somos enteramente buenos. Lo segundo es aceptar que algunas lecturas nos deben intranquilizar, para poder estar más despiertos y detectar los riesgos de la actualidad.
Ruanda nos habla de un país que en algún punto se rompió y que más de treinta años después, aparentemente ha logrado reconstruir niveles notables de estabilidad y pertenencia nacional, aunque no sin sombras ni tensiones políticas relevantes.
Nos habla fundamentalmente de lo que puede ocurrir cuando parte de una sociedad deja de reconocer a otra, cuando la política fomenta el odio y organiza el resentimiento, cuando el mundo calcula demasiado y cuán difícil es que la justicia llegue a un territorio moralmente arrasado.
La tesis serena, incómoda y limpia quizá sea esta: lo humano no se pierde de golpe. Se pierde por capas. En el lenguaje, en la obediencia, en la indiferencia, en la cobardía, en la costumbre de mirar hacia otro lado. Y precisamente por eso hay que defenderlo antes de que parezca urgente.
En Vigo, el 10 de mayo de 2026.
Este artículo se ha elaborado en "diálogo" con un modelo de inteligencia artificial, empleado como herramienta de apoyo en el proceso de redacción y revisión. El contenido y la orientación del texto responden en todo momento a los parámetros, el contexto y las ideas proporcionadas por el autor, quien ha evaluado críticamente cada propuesta y resultado del modelo, ha contrastado formulaciones y ha introducido las correcciones necesarias hasta alcanzar una versión final revisada y aprobada por el autor, quien asume íntegramente la autoría intelectual, la responsabilidad y la defensa de las tesis aquí expuestas.